miércoles, 26 de agosto de 2009

Música ambulante

9.15 hs. Merlo.

Dos hombres se encaminan hacia la puerta del tren. Se abre. Dan unos pasos. Saludan cordialmente y uno de ellos, rodeado del más sepulcral de los silencios que puede dar un medio de transporte, grita:
-¡Aaaadentroo!
Las guitarras, que habían pasado desapercibidas entre la multitud, suenan en su máximo volúmen y los acordes envuelven todo el vagón. Las voces de los cantores interrumpieron la monotonía de un viaje gris e incómodo y la gente gira la cabeza para mirar la novedad. Los dormidos dan pequeños quejidos, la música interrumpe el sueño dorado en el que sus asientos son de plumas y las ventanas, a pesar del incómodo chiflete que sopla desde afuera, son las almohadas más cómodas que un perezoso podría desear.
Dos canciones, tal vez tres, iluminan momentáneamente el vagón. Los músicos se dirigen hacia el siguiente entre bromas a los pasajeros: “El que no aplaude tiene piojos”, lanza uno, el que ríe detrás de un tupido bigote color ceniza. Un aplauso tímido pero consistente surge en el público.
*
Horas antes en Ciudad Evita.

El agua para el mate espera mansa en la pava a que el calor de la hornalla la saque de su quietud. Un hombre de contextura mediana pero robusta camina de lado a lado, se prepara para salir mientras el resto de la familia duerme.
El punto de ebullición no llegó, el mate es el segundo arte de Ricardo, que no olvida sus años de gurí en Concordia, la ciudad entrerriana que lo vio nacer. Tampoco puede olvidar el día en que su padre le mostró una guitarra, el instrumento que años más tarde supo que le iba a posibilitar el sustento de cada día. Aprendió los clásicos folclóricos y algún que otro tango, tenía diez años y la música le parecía un lindo pasatiempo, su sueño en realidad era ser mecánico.
Toma un par de mates, se calza el estuche de la guitarra en el hombro, “tengo que comprar cuerdas”, piensa y se encamina a la parada de colectivo. Una encadenado de transportes y líneas lo separan del punto de encuentro con su compañero, la estación de trenes de Merlo, en donde se inicia el recorrido que los lleva cada día de la provincia a la ciudad de Buenos Aires incontable cantidad de veces.
“Las circunstancias de la vida me llevaron a este camino”, son las palabras que se le escapan del bigote. Ricardo, más conocido como Caio, toca la guitarra en la línea Sarmiento junto a El Bocha a cambio de aplausos y un par de monedas “para sobrevivir”, asegura.
Llegó a Buenos Aires en 1982 y al poco tiempo comenzó a trabajar en una estación de servicio. Pensó que había encontrado la estabilidad económica que tanto le faltaba en Entre Rios, hasta que a mediados de la década del '90 la estación tuvo que cerrar porque la autopista del oeste se iba a construir sobre su techo. Caio se quedó sin trabajo y desde ese momento toca su música en el tren, ya lleva 14 años de trayectoria.
La difícil situación económica barrió su posibilidad de volver a encontrar un trabajo estable. Caio estudió sólo hasta séptimo grado y, a pesar de que no es viejo, quizás la mezcla de tonos grises y canos de su pelo dan esa apariencia.
Mientras viaja tararea bajito, prepara la voz, nadie podría culparlo de falta de profesionalismo. Cantar a la mañana debe ser una de las cosas más difíciles para un artista y Caio toma las precauciones necesarias para no quedarse sin voz desde temprano. Conoce los gustos de su público y sabe cómo satisfacerlos: chacareras, zambas y polkas son las más recomendadas para tocar a la mañana. “Elegimos temas movidos. No hacemos milongas porque son muy largas y hay que descansar la garganta”, afirma con un aire de sabiduría. Hasta se anima a decir que el “Chaqueño” Palavecino, un o de los folcloristas con mayor reconocimiento de los últimos años, no le gusta: “Canta muy fuerte”, declara, “es otro estilo”; definitivamente uno con el que no se siente identificado.
*
9.10 hs. Merlo

-Caio, llegaste tarde, ¿te quedaste pegado a la almohada?- pregunta El Bocha a su compañero.
-¡No, no me quedé dormido! Fui a comprar cuerdas
-Bueno, esta vez te perdono -dice con una sonrisa en forma de broma- ¿nos subimos al próximo?, viene un freezer...

A El Bocha le encanta ponerle nuevos nombres a las cosas, quizás porque el suyo, con los años, también sufrió una metamorfosis. Los vagones con aire acondicionado de la línea Sarmiento son para él un freezer gigante en el que se interna, junto a su compañero, a tocar la guitarra y a perder la timidez para mantener a su familia. “El primer día que vine a cantar tenía una vergüenza bárbara, me quería tirar del tren. Justo había una vecina en el vagón”, recuerda.
Al igual que Caio, no tiene un trabajo estable. Las monedas que le dan a voluntad en los trenes y las esporádicas changas de albañilería lo ayudan a llegar a fin de mes.
El Bocha es El Bocha por el ex jugador de fútbol Ricardo Bochini. Los dos comparten apodos y un parecido físico increíble. “A mi todavía no se me cayeron las chapas, falta eso nomás”, afirma el músico, con una mueca que expande los surcos de su cara En la cancha no se agotan las semejanzas, ambos son talentosos mediocampistas, e Independiente es el club que alimenta sus pasiones.
Con “los parchís” (así llama a su guitarra y a la de Caio) toca todas las mañanas desde hace cinco años. Conserva un brillo adolescente en su mirada y en su manera de atraer al público tan ambulante como él. “¡Haga que le gustó!”, suelta al final de una canción y pide, aunque sea, que los aplausos lo acompañen.

*
En la mañana invernal el sol comienza a calentar los fríos vagones por la falta de algunas ventanas. El Bocha y Caio hacen un viaje sin un destino fijo, son juglares del siglo XXI, los guía la oportunidad de encontrar más público en el próximo tren. Deambulan con una mochila de canciones que aprendieron de oído, transmiten la cultura de un país diferente para los típicos porteños: el Interior.
Alejados de la presión de tener que llegar a un punto u hora determinado pueden disfrutar de la extraña belleza de un paisaje sin maravillas naturales y un transporte que, a pesar de los años de abandono, no deja de demostrar su fidelidad y eficacia para millones de personas que viajan día a día desde la provincia de Buenos Aires hasta la capital.
No saben a qué dirección, ya sea hacia Once o Moreno, viajarán cada día, sólo tienen el conocimiento que les proveyó estar tantos años en la calle. Las marcas de las cuerdas en las puntas de los dedos se hacen más hondas y El Bocha se que pega las uñas con la gotita para seguir tocando. La guitarra es el instrumento que le permite sobrevivir, sin embargo, no tiene piedad con sus manos.
-¿Qué le pasa señora?- pregunta El Bocha a una anciana que levanta los brazos en el aire. Se acerca a ella para escucharla.
-Los felicito- le contesta en voz bajita.
Una ola de felicidad recorrió a El Bocha que respondió con una sonrisa y un amable “muchas gracias”.